La primera vez que fui a los campamentos yo ejercía de cocinera. Se hicieron en la casa de colonias de el Tillar. Puedo decir que fui con mucha ilusión y con grandes dudas de como me desenvolvería con menús para veintiocho personas. Ocurría que tenía que consultar casi todo.
La experiencia fue positiva y lo mejor de lo mejor sucedió cuando a ratos podía jugar con los niños. Aún recuerdo el día de la guerra de piñas, una me dio en un ojo, pero continué riendo con todos ellos. También recuerdo los juegos de la noche, corriendo alrededor de la casa para pillarlos.
Con los años he ido a todos los campamentos y ya defendiéndome mucho mejor. He podido compartir tantas buenos ratos, tantas risas, que aunque una se cansa, lo olvida para seguir disfrutando con todos sus juegos y canciones. Se hacen querer.
Me siento tan llena que cuando regreso a casa todavía sigo sonriendo, percibiendo la esencia de esos días vividos , y también siento ese vacío cuando no están.
Los campamentos de chiquillos son para vivirlos y casi no se pueden contar. Poderse empapar de ese clima de alegría y dedicación total es lo más.